jueves, diciembre 03, 2009

Esta tarde he visto por fin de cabo a rabo Las Hurdes, tierra sin pan, de Luis Buñuel. Estoy demasiado impresionado por las monstruosas escenas de barbarie que he visto como para poder describir tanto horror y tanto sobrecogimiento. Es infinitamente espeluznante enterarse de que en plenos años treinta, cuando todo el mundo oía jazz, enseñaba pantorrillas e iba al cine -que encima ya era sonoro-, existían lugares en nuestro país donde la gente ni siquiera sabía lo que era el pan o el arado, cosas fundamentales para el ser humano desde hace más de seis millones de años.
Sin caer en absurdos comunismos, y sin negar que es imprescindible la existencia de una jerarquía y de una elite de los más aptos que gobierne a la masa, esta elite tiene la obligación ineludible de educar a ésta y de proporcionarle todos los medios necesarios para que se haga productiva e intelectualmente inquieta. Cuando los intelectuales se encierran en los Ateneos, en las Academias y en los Congresos y dan la espalda a esta esterilidad, a esta hambre crónica,a estas mujeres avejentadas que acercan sus pellejos a la boca moribunda de sus hijos, todo falla: estan traicionando al Don que se les ha concedido y pagando con ingratitud a la fortuna que les ha permitido estudiar y enriquecerse.
Ante la mirada de denuncia de los disminuidos psíquicos de Las Hurdes, víctimas de la desnutrición y del incesto, me siento un estúpido y un mierda, en mi casa calentita, con mi tabaquito, mi ordenador y mis puercos caprichitos, estudiando la gramática de la poesía de Levin y las consecuencias del concepto de desautomatización de Tanianov y Mukarovski en el paradigma de la función poética de Jakobson y su puta madre. ¿Para qué sirve tanta paja mental, si ha habido gente harapienta que se alimentaba de bayas silvestres y a pesar de todo seguía viva?
Ilustrísimos señores catedráticos, excelentísimos eruditos y científicos, insignes poetas y artistas, callémonos la boca y escuchemos la POESÍA y la SABIDURÍA de la "pregonera de la muerte" de Las Hurdes, la mujer que sin saber leer, escribir ni comer recorre cada noche la aldea repitiendo esta frase:
No hay nada que mantenga mejor despierto
que pensar siempre en la muerte.





domingo, noviembre 29, 2009

Este fin de semana está siendo de lo más deprimente y autoflagelante, y por tanto, creativo. He conocido la obra dramatúrgica de Angélica Liddell, representante en el ámbito hispánico del Teatro de la Crueldad, en su más bizarra vertiente del in-yer-face theatre. Su blog es una manzana podrida por la soledad, el desamparo, la rabia, la autolesión... terrible. Ella, junto con Fernando Arrabal, me inspira mucho para esa obra de teatro cruel que quiero escribir en el futuro, pero tanta inspiración me está destrozando. El teatro de Liddell es una orgía de sadismo, psicopatía, pedofilia... un breviario de los males de este mundo, puestos "in yer face". Ojalá pudiera evadirme ahora y hacer cosas frívolas y divertidas como si no hubiera leído nada, pero me siento demasiado identificado con el tormento de esta mujer. Los conflictos que plantea(mos) son irresolubles, tanto como el conflicto que constituye la Historia de la Humanidad, resumible en "El hombre es un lobo para el hombre", tanto como el conflicto existencial de que la muerte es irremisible, de que nuestra existencia no tiene más sentido que esperar penelopescamente a la muerte, y todo lo demás es vanidad y dar caza al viento como afirma el Eclesiastés. Y si la estamos esperando como Penélope, que esperaba por fidelidad inquebrantable el regreso de Ulises, ¿es que sólo cabe ya ser fiel a la muerte? Y si la muerte es Ulises, que retorna, ¿es que entonces la muerte no es sino el regreso de lo mismo de aquello de lo que hemos venido?
etc
etc
etc...

SOCORRO

Hay un reafter en mi cuarto. He invitado a Arrabal, a Angélica Liddell y a Salad Fingers, que están comiéndole la polla a Celedonio mientras ve el vídeo -porno, según él- de la muerte de Sandra Palo.
Me resulta imposible llorar. No hay purificación posible para tanto dolor, tanto asco, tanto odio hacia la Humanidad y el Mundo, que no son otra cosa que Satanás y el Infierno. Me gustaría besar a alguien, acariciarle el pelo, abrazarlo. Entonces expulsaría todo mi sufrimiento en una explosión de llanto, y me salvaría, y sonreiría, y sería feliz. Pero es imposible. No tengo a nadie a quien abrazar ni besar, ni lo tendré jamás. Porque ya dijo María que voy a ser un desgraciado toda mi vida. Porque ya dijo Celedonio que a mí nadie me va a querer nunca, porque soy inestable (porque estoy loco, porque soy un monstruo).
Lautréamont está llamando al timbre, pero hoy no puedo recibirle. Ya hay demasiados invitados en esta fiesta macabra, y las paredes, el suelo, los muebles están empapados de sangre y excrementos.
No soy lo bastante fuerte para abrirle la puerta, señor conde de Lautréamont. Si se la abro, hoy, me voy a cortar las venas con el cuchillo nuevo de cocina. Y esta vez, no voy a llamar a nadie para que me cure.

sábado, noviembre 28, 2009

Sosieguen... Descansen...


Sosieguen, descansen_____las tímidas penas,
los tristes afanes_____y sirvan los males
de alivio en los males._____Sosieguen, descansen.

No soy yo aquel ciego_____voraz encendido
volcán intratable_____en quien aun las mismas
heladas pavesas_____o queman o arden.
Pues como es fácil_____que haya nïeve
que apague el incendio_____de tantos volcanes.

No soy quien al sacro_____dosel de los dioses
deshizo arrogante_____su púrpura ajando
los fueros sagrados_____de tantas deidades.
Pues como es fácil_____que en mi oprobïo
tiranas sus leyes_____mi culto profanen.

En fin, no soy yo_____de las iras de Venus
sagrado coraje_____en cuyos alientos
respira castigo_____su voz o su imagen.
Pues como es fácil_____que deidad que fabri-
ca mi imperïo_____permita mi ultraje.

Pero ya que a la fatiga_____tan rendido el pecho yace,
que un desaliento palpita_____en cada temor que late,
y ya que en el verde centro_____de enmarañado boscaje
que compone la frondosa_____tenacidad de los sauces
seguro estoy de que puedan_____las cóleras alcanzarme,
de Diana firmen treguas_____mis repetidos afanes
y en este risco a quien hoy_____para que sobre él descanse
hizo el acaso que siendo_____escollo sirva de catre,

entreguemos a esta dulce_____lisonja de los mortales
la vida, pues a este efecto_____dijeron mis voces antes:

Sosieguen, descansen...


Llevo varios días sufriendo unas pesadillas insoportables. En ellas se me aparece Celedonio con el que supongo que será su actual novio, ese tío de Palomares al que le estuvo rellenando el culo de tantísimo cariño y amor durante los mismos meses en que se divertía tratándome como una zorra y maltratándome psicológicamente. Y a pesar de la presencia de esta pasivaza vieja de pestilente recto de cuero, en el sueño Celedonio se dirige a mí y me habla, y me sonríe, y de pronto, aprovechando la repentina ausencia del nuevo legítimo, me toca, me abraza, me besa... No da tiempo a mucho más: siempre me despierto hundido en este estercolero, sepultado vivo en la asfixia de esta caverna negra adondo no llegan noticias ni de que exista el sol y es sofocante la peste a podrido de mi ternura y mi cariño, sólo fértiles para bacterias, hongos y cucarachas que los devoran después de haberlos envenenado. La angustia domina siempre los siguientes dos o tres días posteriores a la pesadilla, y finalmente un diluvio universal de lágrimas trata inútilmente de aliviar/purificar este pozo sin fondo en el que me hallo sumido.
Sin embargo, esta tarde la perversión intelectual de Unamuno me ha reconfortado muchísimo al dárseme a conocer su idea de la muerte como cese del sueño de Dios, que nos sueña a todos. El instinto de supervivencia me empuja a buscar el consuelo a mis heridas imposibles de cicatrizar por medio de caminos tortuosos, de especulaciones enfermizas... Y es entonces cuando me alegro de despertar de esa pesadilla en la que apareces, Celedonio, porque cuando despierto y concluyo el sueño, hijo de perra, te estoy matando. Porque tú ya no existes, gordo maricón, sino como una fantasmagoría onírica que yo estoy produciendo en mi inconsciente, y me alegro de soñarte para poder despertar de golpe y asesinarte con toda la brutalidad con la que tú me has tratado durante seis meses, hijo de las mil leches podridas.
Llevo todo el crepúsculo soñando despierto sobre cómo te arrancaría tu pico de golondrina de cuajo, te partiría las patas como quien parte dos mondadientes y te rebanaría las alas con una sierra, obligándote luego a tragártelas enteras por el orificio sangriento de lo que antes era tu pico, mancillado de coágulos en las partes donde normalmente sueles tener condilomas, sucia zorra, hasta que reventases por dentro. Acto seguido te abriría tu barriga de gordo maricón con mis propias garras y te sacaría los intestinos, los mordería, los despedazaría. De un puñetazo te hundiría tus putos genitales dentro de tu cuerpo y te los haría vomitar, y te martirizaría mucho el culo, sí, ese culo que tan a gloria tuya nunca ha tolerado ni la punta de un dedo, lo martirizaría con bates de beisbol, hierros al rojo vivo y trozos de vidrio hasta que cagaras sangre.
Sueño despierto con estas bellísimas voluptuosidades y siento unas campanillas efervescentes en las comisuras y el pecho, muy similar a eso que los mortales llaman "alegría".


RECORDATORIO


Favor de no olvidar que, la próxima vez que la pasiva de las gafas que iba ayer con mi prologuista y amiga María Eloy se atreva a mirarme con ese desdén y a saludarme con ese asco, como si ella fuera algo más que pura mierda, tengo que coger esas gafitas de pasta, triturarlas entre mis manos y, hechas añicos punzantes, introducírselas en los ojos, apretando concienzudamente, hasta que se incrusten en la bolsa de serrín que alberga su cabeza.

jueves, noviembre 26, 2009

Gato, tú vas a ser un desgraciado
toda tu vida.
MARÍA ELOY-GARCÍA
Febrero de 2009

Un año después sólo queda esta canción. Esta canción y ahogarse en llanto por las golondrinas que no volverán, por los te quiero que jamás se volverán a oír en la profundidad de esta caverna.

miércoles, noviembre 25, 2009

Echo de menos los desayunos con nueces y anacardos, y los manuales de arquitectura, y el calor de aquellos abrazos. Mañana el sol me esquivará en esta tierra de los olvidados donde apenas si cacarea el siniestro sinsonte, donde no se huele el beso del dragón, donde tu amor se pudre sin sepultura. Mañana lloraré por esa alba que nunca rompió.

Vuelve a soplar el viento iracundo, vuelve a erizarse la piel, vuelve el gris a la luz de la tarde, vuelvo a ponerme ese abrigo que me quitaste. Vuelvo a pisar la Alfalfa. Pero, trescientos sesenta y cinco suspiros depués de aquello, hoy no aleteaba la golondrina. Hoy enfangué el pavimento donde se inició todo, ahora viudo de tus caricias.

Javier GATO en el Museo de Bellas Artes de Córdoba

Ayer, martes 24 de noviembre, Javier Gato presentó su libro Diario de un gato nocturno en el Museo de Bellas Artes de Córdoba dentro del ciclo poético "Agujas de pino", organizado por Eduardo Chivite y Miguel Gómez Losada y gracias a la hospitalidad de don José María Palencia, del Museo de Bellas Artes cordobés.
La presentacion corrió a cargo de Nacho Montoto, autor de Mi memoria es un tobogán/Espacios insostenibles (Sevilla, Cangrejo Pistolero Ediciones, 2008) y de la no-vela Binarios (Sevilla, Sim Libros, 2009). La sala escogida para celebrar la presentación fue, cómo no, la dedicada al Barroco cordobés.




Benito PÉREZ GALDÓS, "La Fontana de Oro"

Entre los numerosos defectos de aquel local, no se contaba el de ser excesivamente espacioso: era, por el contrario, estrecho, irregular, bajo, casi subterráneo. Las gruesas vigas que sostenían el techo no guardaban simetría. Para formar el café fue preciso derribar algunos tabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el espacio suficiente, se pensó en decorarlo con arte.

Los artistas escogidos para esto eran los más hábiles pintores de muestra de la Villa. Tendieron su mirada de águila por las estrechas paredes, las gruesas columnas y el pesado techo del local, y unánimes convinieron en que lo principal era poner unos capiteles a aquellas columnas. Improvisaron unas volutas, que parecían tener por modelo las morcillas extremeñas, y las clavaron, pintándolas después de amarillo. Se pensó después en una cenefa que hiciera el papel de friso en todo lo largo del salón; mas como ninguno de los artistas sabía tallar bajo-relieves, ni se conocían las maravillas del cartón-piedra, se convino en que lo mejor sería comprar un listón de papel pintado en los almacenes de un marsellés recientemente establecido en la calle de Majaderitos. Así se hizo, y un día después la cenefa, engrudada por los mozos del café, fue puesta en su sitio. Representaba unos cráneos de macho cabrío, de cuyos cuernos pendían cintas de flores que iban a enredarse simétricamente en varios tirsos adornados con manojos de frutas, formando todo un conjunto anacreóntico-fúnebre de muy mal efecto. Las columnas fueron pintadas de blanco con ráfagas de rosa y verde, destinadas a hacer creer que eran de jaspe. En los dos testeros próximos a la entrada, se colocaron espejos como de a vara; pero no enterizos, sino formados por dos trozos de cristal unidos por una barra de hojalata. Estos espejos fueron cubiertos con un velo verde para impedir el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tener todas las moscas de la calle. A cada lado de estos espejos se colocó un quinqué, sostenido por una peana anacreóntico-fúnebre también, en donde se apoyaba el receptáculo; y este recibía diariamente de las entrañas de una alcuza, que detrás del mostrador había, la substancia necesaria para arder macilento, humeante, triste y hediondo hasta más de media noche, hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba a un lado y otro como quien dice no, y se extinguía, dejando que salvaran la patria a obscuras los apóstoles de la libertad.

El humo de estos quinqués, el humo de los cigarros, el humo del café habían causado considerable deterioro en el dorado de los espejos, en el amarillo de los capiteles, en los jaspes y en el friso clásico. Sólo por tradición se sabía la figura y color de las pinturas del techo, debidas al pincel del peor de los discípulos de Maella.

Los muebles eran muy modestos: reducíanse a unas mesas de palo, pintadas de color castaño, simulando caoba en la parte inferior, y embadurnadas de blanco para imitar mármol en la parte superior, y a medio centenar de banquillos de ajusticiado, cubiertos con cojines de hule, cuya crin, por innumerables agujeros, se salía con mucho gusto de su encierro.

domingo, noviembre 22, 2009

Marina SANMARTÍN, "Javier Gato, un poeta andaluz"

He decidido que quiero ir a Sevilla. Lo decidí ayer, después de conocer a Javier Gato en La Casa del Libro de Fuencarral, donde, con el respaldo de Iñaki (que está haciendo una labor impagable potenciando la actividad cultural de la librería) presentaba su poemario Diario de un gato nocturno.

Javier Gato es un poeta andaluz, que define el mundo como una discoteca y concibe la noche sevillana como la corte apocalíptica de María Antonieta y Luis XVI. Estamos en el S.XXI, pero nuestro desengaño, el gusto amargo que nos queda en la boca cuando volvemos a casa de madrugada, después de recorrer un sendero de copas y tabaco, es el mismo en Sevilla y en Pekín: la noche y nada más; la vida que no despierta si no estamos en viernes, sábado o domingo, porque el resto de la semana permanece latente y gris, a la espera de que se enciendan las luces de colores del primer local.

Me gusta como el Gato explica sin vergüenza, con una voz muy alta, que capta el interés de la clientela, que el DJ es como un dios del Olimpo, capaz de exaltar con su música al resto de los mortales. Describe los lavabos mugrientos de los afters y las actitudes prepotentes de los porteros de discoteca, que tienen en su mano el poder de escoger quién entra y quién se queda fuera de esa espiral hacia la absoluta decepción, salpicada de éxtasis y ketamina.

Entre el choque de los vasos de whisky,
Las risotadas degradadas con éxtasis,
El acoso de luces y flashes en la bruma,
Entre el roce lascivo de bultos y curvas,
El rictus fúnebre, implacable,
De Lourdes.
Por encima de la música ensordecedora
Me llegan los alaridos del silencio de Lourdes,
Toda labios sucios de carmín agrio.
Verla observándolo todo desde la barra
Con ojos de vozka
Es ver que al fin y al cabo
El hombre es un ser
Para la muerte.

Recitando, el poeta tiene el sello intelectual de Miguel de Unamuno, mezclado con el embrujo sin origen de Lola Flores y Jesulín. Es, sin duda, un personaje único. Y sus versos merecen la pena.

Y al cerrar la discoteca,
El silencio sobre un desierto de botellas.
Ese es el destino, esa la tragedia:
Los gatos siempre caminarán solos,
Como Cain

Eduardo CHIVITE, "Diario de un gato nocturno"

Javier Gato es más clásico que yo. Vamos, es como una catedral construida en distintos periodos artísticos, a veces gótico flamígero, y otras románico tardío. Tiene su poesía el sabor de un totum revolutum: el olor del Decadentismo literario, la línea zigzagueante del Barroco, la estilizada carnalidad griega tras del tufo parnasiano. Ya en el primer poema del libro Génesis trae ecos lejanos, el tono de un cuentecillo cual Boccaccio, la imaginería de William Blake en El Viajero mental (1), o a Mary Shelley y su nuevo Prometeo. Como si de algo muy antiguo nos hablase, el poema "Nana del chapero", "Balada del camello" o "Crack" traen por momentos a nuestro oídos sensaciones de leyenda, quizá, interiorizada lectura de Edgar Allan Poe. Los gatos de Baudelaire recorren "Escuela de gatos", y saltan por entre los poemas del libro sin ser esperados: “El gato se acercó sumisamente”, pero “la curiosidad puede matar al gato”. El título del libro se asemeja a Diario de un poeta recién casado, remite a las composiciones de “nocturnos” del Romanticismo, o se manifiesta como un verdadero diario lírico, blog poético, libro de viajes a la noche, descenso a los infiernos. Autobiografía donde voz narrativa y personaje se confunden, porque “el gato” es un animal poéticamente decadente, dandi, y algo maldito; conocedor de lo inquietante de su mirada, que admira y se reconoce en Leopoldo María Panero: “Sí: / somos nosotros / los que estamos en la cárcel”.

Acierta de lleno Elena Medel en el epílogo del libro cuando dice que apunta maneras de Pablo García Baena, o define el libro como una opera prima dura, incómoda y carnal. En el prólogo María Eloy-García habla del exorcismo-catarsis en el momento de contar. ¡Buenas madrinas! Ténganlo presente, nos enfrentamos, señores, a los fantasmas del rey de la noche. A Javier Gato los títulos en latín le delatan, se vuelve manierista con formas medievales como las baladas y albadas, o danzas macabras donde contrahace (contracultas, dice él), trovadoresco a modo de glosa un “cantarcillo house popular”; y plantos que helarían a Jorge Manrique, enigmas de entretenimiento cortesano y neo-pánicos cantos de sibila.

Ovidio en su Metamorfosis cuenta que al principio solo existía el Kaos, luego llegó Eros, el orden (cosas de la etimología). En el Renacimiento esta demiúrgica cosmogonía se traduce en un enfrentamiento “erótico” entre el furis amoris y el amor neoplatónico (locura / amor). Javier Gato en una contaminatio nocturna los identifica: caos igual a amor, igual a sexo, a muerte, oscuridad, caos igual a fuga mundi. En el microuniverso de la discoteca Ítaca, MAE es el dios Apolo; ménades maniáticas, musas danzantes, bacantes orgiásticas, odiseos lotófagos, pueblan la mitología a altas horas de la madrugada: Mister CNX, Azahara Tamarguillo, Mary Joe, Amy, Lourdes, Marta la Malagueña. Horas en las que el gato se mueve como un caballero andante adversus sensu, un quijote vampírico, que se oculta con la salida de la Aurora (personificación mitológica del día). El barroquismo de Javier Gato responde al horror vacui del sinsentido de nuestra posmodernidad, su decadentismo a un apolíneo deseo de llenarlo. Pero no se queda este libro en una apología o llamada al desorden moral, cada poema sabe la verdad, edípicos, conocen de sí mismos su destino: “Pensé que, seguramente, / dentro de veintitantos años / yo también estaría como Mary Joe, / y quise morirme”. Y yo, yo también, como a Gato ahora le dé por Arrabal, o Lautreamont.

(1) “y si el recién nacido es varón,
a una anciana mujer es entregado,
quien lo clava tendido en una roca,
y en cáliz de oro acopia sus chillidos.
Ciñe espinas de hierro a su cabeza,
tanto sus pies horada cual sus manos,
le arranca el corazón y lo destaza
para sentirlo gélido y caliente.
Sus dedos enumeran cada nervio
igual que un avaro su oro cuenta;
vive ella de sus gritos y alaridos,
si ella rejuvenece, él envejece”

Elena MEDEL, "Quisiera haberme muerto"

En alguna ocasión he escrito que los poemas de Javier Gato, aquellos versos que le había escuchado en recitales o que conocía gracias a volúmenes colectivos, apuntaban maneras de Pablo García Baena tras un fin de semana de rave. Me recordaban a los del maestro cordobés en la atmósfera barroca, retorcida hasta la decadencia; también por su empeño al iluminar —gracias a la linterna de las metáforas— unos gramos de belleza en lo oscuro. Y se alejaban del autor de “Impares, fila 13” —aunque para acercarse a Julio Aumente, otro gran descarado— en la búsqueda de una fe más carnal, de unos ojos en blanco gracias al éxtasis por sí mismos.

¿Dónde situaríamos, entonces, este apabullante Diario de un gato nocturno? Qué lugar —pues— para esta ópera prima durísima, incómoda, dolorosa a ratos por su crudeza, por la imposibilidad de desligar al autor del personaje que recorre cuerpos y tejados, y que traspasa portadas, y notas biográficas. Un Javier Gato que mantiene las coordenadas anteriores —laten el barroco, la decadencia, la carnalidad, las señoras de la noche— y, al mismo tiempo, amplía las fronteras: un chupito del aquí mencionado Leopoldo María Panero, una sobremesa de cigarros liados con páginas de Jean Genet… ¡Cómo habría disfrutado el ladrón francés con estos canallas que gozan «de los placeres de la caza»! Se los hubiera comido a besos. Como mínimo.

Porque Javier Gato sabe, y de qué forma, escribir: lo demuestra en su Diario. El peso oral de su poesía se sacude la tentación del descuido, del contar igual que se piensa; y su deje coloquial emerge de la fuerza narrativa del romancero, del ritmo pegadizo del teatro. Y la ironía y el humor cáustico de la picaresca, y el espíritu trovadoresco… Javier Gato, entonces, como manual de literatura con visión más allá de las doce. ¿Cerramos este libro y hablamos de poemas al estilo canónico? ¿Monólogos en verso, quizá? ¿O incluso fábulas, cuyas moralejas parecieran cantar «el lamento/ de las noches perdidas»? Cóctel —molotov— el que ofrece Diario de un gato nocturno, pienso en la poesía de Javier Gato igual que me acuerdo de aquellos discos que yo compraba en mi adolescencia, con un rasgo común: la etiqueta. En la portada, una pegatina blanca y negra, libre de traducción, avisando a los padres descuidados. Parental Advisory. Explicit Content, fajarían los mojigatos en la portada de Diario de un gato nocturno: yo recorrería almacenes y mesas de novedades liberando cada ejemplar de las miradas torcidas, porque su crudeza y su honestidad merecen eco.

Porque cuál es el hilo temático que enhebra este Diario… ¿Desamor, sexo, soledad, drogas? ¿La decisión de seguir a Lou Reed y pasear por la orilla más salvaje? En Diario de un gato nocturno se escucha, sobre todo, la poesía; quisiera regresar a Pablo García Baena y su poema “Bobby”, que yo entonaba igual que una letanía mientras disfrutaba con los textos de Javier Gato, y volver también al último verso: «quisiera haberme muerto». «Y quise morirme», escribe de otra forma —con la misma tristeza— Javier Gato. Amor, muerte, aquí el color rojo nos habla de la pasión, pero sobre todo de la sangre; y el otro color eterno, ese negro implícito en el título, nos suena a sombra de la noche, de la oscuridad en la que —ay, esas madres que advierten en la puerta de casa— cuesta distinguir a los felinos.

Ordena la superstición que cambiemos de acera ante un gato negro, porque nos condenará a la mala suerte. «De pronto, un mal día,/ el gato se puede caer del tejado». Javier Gato, en este debut suyo, ha clavado con rabia las uñas en las tejas; bien asido a sus poemas, no existe huracán que pueda tambalearle. Y es que, si la leyenda asegura que los gatos consumen hasta siete vidas, Javier Gato maúlla su Diario para inaugurar —y de qué forma— la primera.

María ELOY-GARCÍA, "Cualquier noche los gatos"

Nuestro gato se retoza en lo gore, en el mundo del Martínez Montañés más manierista en el pleno realismo barroquizante donde la sangre más que brotar piensa por sí misma. El gato aquí es el escultor y el cristo en una imaginería de torsos desnudos, obscenos y tristes personajes. No es el poema en este caso un resultado estético del que partir para modificar una realidad que arde en el interior, es más bien una catarsis misma en el momento de contar y, aquí, se deshace de repente el ritmo en función de que la idea sea lo suficientemente dura como para ser exorcizada.
¿Necesita Javier Gato ser exorcizado? Probablemente sí, como muchos, como casi todos nosotros, de ahí el salto al vacío. Este libro es el resumen de un salto al vacío de lo que albergan los domingos y los días de resaca, de lo que alberga el torso admirado y subastado, de lo que alberga a ratos lo superficial, de lo que alberga el prejuicio y por ese salto pagamos un precio tan sutil como quiera verse, tan alto como sepa uno darse cuenta. Para un gato es tremendamente fácil andar por la línea tenue y fina del abismo, de la complacencia, del horror, así que en este libro nos cuenta desde su alambre suspendido sobre lo terrible cómo son las siluetas que quedan de los hombres malos.
Hay noches desfasadas que te ponen la sonrisa arcaica de un kurós antiquísimo, hay noches que se derriten por la espalda y se adhiren para siempre. Es interesante saber qué parte de la noche te dejó atrás, te dejó sin fuerzas, te dejó abyecto a la entrada de un water y su moralina. Escribe el gato la desdicha de un mundo artificial, desde la verbena eterna del que juega a afilarse las uñas en el respaldo de la noche. Si algo del libro dura en el tiempo es el sabor finísimo y ácido de la tristeza, y como a alguien le dio el sol en exceso y le subió la temperatura, a él sólo la noche y algo de su miedo nos ronda la vena que prestamos para la jeringa de su segundo. Hay que tener valor para no decir nada, dicen, y mucho más valor para contar lo que todo el mundo calló, creo. La noche, como la suerte, está echada.

martes, noviembre 17, 2009

JAVIER GATO se mueve más que un maricón en la Feria

Este fin de semana podréis ver a Javier Gato en dos puntos de nuestra geografía patria: Madrid y su ciudad natal, Sevilla. Será un finde intensísimo, marcado por dos eventos en los que proliferarán las bragas húmedas, meadas y/o cagadas, Simeonas de Bulgaria y de Jerez, gente con cara de bidé, señores con mamas gordas, señoras engorilás (machorras, vamos), caritas morenas de gatos chinois y petit-coles and minimauris del placer, Kimera Nakachian, Susan Harris, la gran domadora Miss Aurori y gente superfina y elegante en general hablando en inglés.

El viernes día 20 Javier Gato llegará a Madrid y, después de descubrir lo que es un metro y que existe gente que pronuncia la ese y la jota, presentará su libro Diario de un gato nocturno a las 19:30 en la Casa del Libro de la calle Fuencarral, número 119. La presentación será llevada a cabo por Iñaki Echarte Vidarte, director de la revista Alex Lootz, autor de Blues y otros cuentos y en definitiva un niño un poquito alto. Durante la presentación se repartirán monguis y azúcar moreno.

Al día siguiente, sábado día 21, Javier Gato actúa en Sevilla en el espectáculo "Bestiario perfopoético". El espectáculo tiene mucho de los espectáculos del Fuerte de Isla Mágica, del videoclip de Las Chuches ft. Junior y de la cara de Pilar Eyre. La función será a las 21:00 h, y junto a Javier Gato participarán Antonio García Villarán (Cangrejo Pistolero), Nuria Mezquita (Dalton Trompet), Siracusa Bravo (SIracusa Indigesta) y Fernando Bazán (Vicio). El lugar es la Sala Fli, en el Polígono Industrial Hytasa, cerquísssima del centro y de todo en general.


JAVIER GATO en Las Noches del Cangrejo (12-11-09)







jueves, noviembre 12, 2009

Simposio Internacional: Góngora 1609-1615

El grupo de investigación Poesía Andaluza del Siglo de Oro (P.A.S.O.), adscrito al Departamento de Literatura Española de la Universidad de Sevilla, celebrará los próximos días 16, 17 y 18 de noviembre un Simposio Internacional en que participarán los más prestigiosos gongoristas del panorama actual, aportando sus más recientes hallazgos sobre la inconmensurable genialidad y maestría del que es y será el mayor poeta español de todos los tiempos: don Luis de Góngora y Argote.
El programa del Simposio es el siguiente:

DÍA 16 (Paraninfo de la Universidad de Sevilla)
10:30 Presentación del Simposio
11:00 Robert Jammes (Universidad de Toulouse-Le Mirail): “Góngora en el espacio y en el tiempo”.
12:30 Antonio Pérez Lasheras (Universidad de Zaragoza): “El romance de Góngora ‘Cloris, el más bello grano’ y la promoción de lo burlesco a categoría estética”.
17:00 Begoña López Bueno y Juan Manuel Daza (Universidad de Sevilla): “1613-1615, dos fechas para la polémica”.
18:00 Juan Montero (Universidad de Sevilla): “Rodrigo Fernández de Ribera, autor de unas décimas mal atribuidas a Góngora”.
19:00 Sesión de debates sobre las intervenciones del día con la moderación de Alberto Blecua (Universidad Autónoma de Barcelona)

DÍA 17 (Aula de Grados de la Facultad de Filología)
10:00 Nadine Ly (Universidad de Burdeos): “De artículos y pronombres: poesía gongorina de la gramática, 1609-1615”
11:00 Antonio Carreira (Madrid): “Cuestiones filológicas relativas a algunos poemas del período 1609-1615”.
12:30 Begoña López Bueno (Universidad de Sevilla): “Por la coherencia textual: otra lectura del soneto ‘Restituye a tu mudo horror divino’ (1615)”.
17:00 Amelia de Paz (Madrid): “Góngora en entredicho”.
18:00 Antonio Gargano (Universidad Federico II de Nápoles): “Góngora y la tradición lírica petrarquista, entre variaciones y originalidad”.
19:00 Sesión de debates sobre las intervenciones del día, con la moderación de José María Micó (Universidad Pompeu Fabra).

DÍA 18 (Aula de Grados de la Facultad de Filología)
11:00 Pedro Ruiz Pérez (Universidad de Córdoba): “Cíclope y peregrino en el espejo de las aguas”.
12:30 Andrés Sánchez Robayna (Universidad de La Laguna): “Sobre el inacabamiento de las Soledades”.
13:30 Sesión de debates y Clausura.


martes, noviembre 10, 2009

JAVIER GATO en Las Noches del Cangrejo


Javier Gato recitará poemas de su primer libro, Diario de un gato nocturno, en el ciclo poético Las noches del Cangrejo el día 12 de noviembre a las 22:00 h, acompañado de la poetisa Carmen Valladolid que ha publicado recientemente su libro Trujamán bajo el pseudónimo de "Madame Guignol".

BAR EL PERRO ANDALUZ
C/Bustos Tavera, 11
Sevilla

lunes, noviembre 09, 2009

Domingo Faustino SARMIENTO, "Facundo"

El Gaucho Malo

Este es un tipo de ciertas localidades, un outlaw, un squatter, un misántropo particular. Es el Ojo de Halcón, el Trampero de Cooper, con toda su ciencia del desierto, con toda su aversión a las poblaciones de los blancos, pero sin su moral natural, y sin sus conexiones con los salvajes. Llámanle el gaucho malo, sin que este epíteto lo desfavorezca del todo. La justicia lo persigue desde muchos años; su nombre es temido, pronunciado en voz baja, pero sin odio y casi con respeto. Es un personaje misterioso; mora en la Pampa; son su albergue los cardales; vive de perdices y mulitas; y si alguna vez quiere regalarse con una lengua, enlaza una vaca, la voltea solo, la mata, saca su bocado predilecto, y abandona lo demás a las aves mortecinas. De repente se presenta el Gaucho Malo en un pago de donde la partida acaba de salir; conversa pacíficamente con los buenos gauchos, que lo rodean y admiran; se provee de los vicios, y si divisa la partida, monta tranquilamente en su caballo, y lo apunta hacia el desierto, sin prisa, sin aparato, desdeñando volver la cabeza. La partida rara vez lo sigue; mataría inútilmente sus caballos; porque el que monta el Gaucho Malo es un parejero pangaré tan célebre como su amo. Si el acaso lo echa alguna vez de improviso entre las garras de la justicia, acomete a lo más espeso de la partida, y a merced de cuatro tajadas que con su cuchillo ha abierto en la cara o en el cuerpo de los soldados, se hace paso por entre ellos; y tendiéndose sobre el lomo del caballo para sustraerse a la acción de las balas que lo persiguen, endilga hacia el desierto, hasta que poniendo espacio conveniente entre él y sus perseguidores, refrena su trotón y marcha tranquilamente. Los poetas de los alrededores agregan esta nueva hazaña a la biografía del héroe del desierto, y su nombradía vuela por toda la vasta campaña. A veces se presenta a la puerta de un baile campestre con una muchacha que ha robado, entra en baile con su pareja, confúndese en las mudanzas del cielito, y desaparece sin que nadie se aperciba de ello. Otro día se presenta en la casa de la familia ofendida, hace descender de la grupa a la niña que ha seducido, y desdeñando las maldiciones de los padres que lo siguen, se encamina tranquilo a su morada sin límites.

Este hombre divorciado con la sociedad, proscripto por las leyes; este salvaje de color blanco no es en el fondo un ser más depravado que los que habitan las poblaciones. El osado prófugo que acomete una partida entera, es inofensivo para los viajeros: el Gaucho Malo no es un bandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su idea, como el robo no entraba en la idea del Churriador: roba, es cierto; pero ésta es su profesión, su tráfico, su ciencia. Roba caballos. Una vez viene al real de una tropa del interior: el patrón propone comprarle un caballo de tal pelo extraordinario, de tal figura, de tales prendas, con una estrella blanca en la paleta. El gaucho se recoge, medita un momento, y después de un rato de silencio contesta: "no hay actualmente caballo así." ¿Qué ha estado pensando el gaucho? En aquel momento ha recorrido en su mente mil estancias de la Pampa, ha visto, y examinado todos los caballos que hay en la Provincia, con sus marcas, color, señales particulares, y convencídose de que no hay ninguno que tenga una estrella en la paleta; unos la tienen en la frente, otros una mancha blanca en el anca. ¿Es sorprendente esta memoria? ¡No! Napoleón conocía por sus nombres doscientos mil soldados, y recordaba, al verlos, todos los hechos que a cada uno de ellos se referían. Si no se le pide, pues, lo imposible, en día señalado, en un punto dado del camino entregará un caballo tal como se le pide, sin que el anticiparle el dinero sea motivo de faltar a la cita. Tiene sobre este punto el honor de los tahúres sobre las deudas.

Viaja a veces a la campaña de Córdoba, a Santa Fe. Entonces se le ve cruzar la Pampa con una tropilla de caballos por delante: si alguno lo encuentra, sigue su camino sin acercársele, a menos que él lo solicite.

viernes, noviembre 06, 2009

Entrevista a Javier Gato en "Las Afueras"




martes, noviembre 03, 2009

Duque de RIVAS, "Don Álvaro o La fuerza del sino"

En 1835, cinco años después del escándalo que produjo en París el estreno del Hernani de Víctor Hugo y la consiguiente disputa entre neoclásicos y románticos, la escena española acogía el que sería el primer drama puramente romántico de nuestras letras: Don Álvaro, o La fuerza del sino, escrito por don Ángel de Saavedra, duque de Rivas. Esta revolución estética en el arte dramático español quedaría totalmente consagrada un año después, tras el estreno apoteósico de El trovador, del gaditano Antonio García Gutiérrez.

La primera versión de Don Álvaro o La fuerza del sino fue redactada en Tours en 1832. Esta primera versión estaba en prosa y fue elaborada con un objetivo puramente lucrativo por parte del duque, que pretendía aprovechar la devoción que se profesaba en París hacia semejantes obras de teatro. Una vez traducida al francés fue entregada a Prosper Merimée, autor del relato Carmen, para que lo hiciera representar. Los resultados no fueron fructíferos, por lo que el drama tuvo que esperar hasta 1835 tras ser sometido a una completa reelaboración, que incluía la versificación de gran parte de sus escenas y una mayor dosis de lirismo. Si bien no se cosechó un éxito inmediato, Don Álvaro alimentó una viva polémica teatral y poética que con el tiempo convirtió a esta obra en símbolo inequívoco de nuestro Romanticismo nacional.

La trama ahonda sus raíces en leyendas populares de la Córdoba natal del poeta, posiblemente descubiertas en su niñez. No obstante, hay una poderosa intertextualidad a lo largo de toda la obra que nos indica el influjo de obras clásicas como La gitanilla de Cervantes (el personaje costumbrista de Preciosilla en la primera escena), La vida es sueño de Calderón de la Barca o incluso la novela de Merimée Las almas del purgatorio.

El prurito de naturalidad que caracteriza al Romanticismo es el responsable de que las unidades pseudoaristotélicas, sagradas durante el Neoclasicismo, se transgredan en favor de una estructura en que la acción se halla fragmentada y dispersa a lo largo de varios años y de geografías muy dispares.

Resulta muy interesante el toque costumbrista que aportan los muchos cuadros presentes en la obra, como el grupo de sevillanos al pie del puente de Triana, los clientes del mesón, los vagabundos pidiendo comida a la puerta del monasterio o los soldados que juegan a las cartas. Aparte de dicho toque costumbrista tan grato al gusto romántico, estos grupos humanos cumplen casi la función de coro, aportando indirectamente con sus conversaciones información adicional sobre la trama. Estas escenas contrastan sabrosamente con los largos, ampulosos y exaltados parlamentos de los protagonistas. Otro contraste, en absoluto menos transgresor, reside en la mezcla de elementos cómicos y hasta grotescos con otros trágicos y graves, mezcla recomendada por Víctor Hugo y, en nuestras letras, por el propio Lope de Vega.

El conflicto social que da pie al drama tiene su origen en el propio nacimiento de don Álvaro, tan sólo insinuado en algunos momentos de la obra hasta el desenlace final. Nuestro héroe es un caballero mestizo, hijo de un noble español y de una princesa inca que alían sus fuerzas en el Virreinato del Perú del siglo XVIII para derrocar a la tiranía metropolitana, recibiendo un severo castigo. Este turbio y oscuro pasado hace recaer sobre él los ataques discriminatorios racistas y elitistas de la rancia aristocracia sevillana, a la que el marqués de Calatrava y sus hijos pertenecen. Aunque de orígenes nobles e incluso regios, Don Álvaro sufre en sus carnes el desprecio que la aristocracia española del Antiguo Régimen dispensaba a los burgueses, que ya en el siglo XVIII amenazaban seriamente el inmovilismo social de los estamentos. Don Álvaro o La fuerza del sino se convierte así en metáfora (románticamente excesiva y tremenda) de la lucha de clases que, en tiempos del duque de Rivas, seguía enfrentando a liberales y a defensores del Despotismo ilustrado: el mensaje que quiere transmitir el por entonces liberal duque de Rivas es una denuncia burguesa de los abusos de la rancia, orgullosa y empobrecida aristocracia española.

No quisiera terminar mi reseña sin hacer mención del tan traído y llevado asunto sobre el verdadero significado de esa “fuerza del sino” a la que se refiere el subtítulo. No hay acuerdo entre los críticos sobre si el destino implacable que azota a don Álvaro tiene que ver con el acaso inexorable de la tragedia griega, escrito y sellado y ante el cual el hombre y aun los dioses sólo pueden resignarse; o si más bien se trata de un destino en consonancia con los valores cristianos del libre albedrío, con lo cual la responsabilidad sería de los personajes.

No obstante, la gravísima fatalidad que arrastra a todos los personajes hacia la desgracia más extrema se desencadena por una casualidad tan ridícula como una pistola que se dispara sola al caer al suelo, matando al marqués de Calatrava: ni Don Álvaro, ni los demás personajes, “tienen la culpa” de la negrísima cadena de azares y desventuras que los conduce al dolor, a la locura y a la muerte. Este destino cruel e inexorable, en el que no cabe la piedad y la redención, suena como un lamento por la injusticia cósmica y por la ausencia de Dios, lamento que un siglo después con el existencialismo llegará a helar la sangre.

Por otra parte, sería preciso romper una lanza a favor de la tesis del sino como destino cristiano compatible con el libre albedrío: lo demuestra el salto al vacío de Don Álvaro, que en su libertad individual decide dar fin a sus infortunios con el suicidio. Este elemento temático, plenamente romántico, está lleno de nihilismo y de rebeldía y reserva para el héroe del drama la última palabra sobre el desenlace de la historia.

sábado, octubre 31, 2009

Horacio QUIROGA, "La gallina degollada"

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .
-- Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti. . . ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron;, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
-- ¡Bertita! Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

JAVIER GATO en el el Homenaje a Mario Benedetti y Antonio Vega (29-10-09)




Primera fila:
1. Isaac Oliva Ballester
2. Antonio Barquero
3. Eduardo Chivite

Segunda fila:
1. Vicio
2. Giovanni Cabra
3. Dalton Trompet
4. Vicky
5. Lidia María Jaime

Tercera fila:
1. Álvaro Jiménez Angulo
2. Nacho Montoto
3. Javier Gato
4. Cangrejo Pistolero

martes, octubre 27, 2009

Esteban ECHEVERRÍA, "La cautiva"

Era la tarde, y la hora
en que el sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto,
y misterioso a sus pies
se extiende; triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar,cuando un instante
al crepúsculo nocturno,
pone rienda a su altivez.

Gira en vano, reconcentra
su inmensidad, y no encuentra
la vista, en su vivo anhelo,
do fijar su fugaz vuelo,
como el pájaro en el mar.
Doquier campos y heredades
del ave y bruto guaridas,
doquier cielo y soledades
de Dios sólo conocidas,
que Él sólo puede sondar (...)

¡Cuántas, cuántas maravillas,
sublimes y a par sencillas,
sembró la fecunda mano
de Dios allí! ¡Cuánto arcano
que no es dado al vulgo ver!
La humilde yerba, el insecto,
la aura aromática y pura,
el silencio, el triste aspecto
de la grandiosa llanura,
el pálido anochecer.

Las armonías del viento
dicen más al pensamiento
que todo cuanto a porfía
la vana filosofía
pretende altiva enseñar.
¿Qué pincel podrá pintarlas
sin deslucir su belleza?
¿Qué lengua humana alabarlas?
Sólo el genio su grandeza
puede sentir y admirar.

Ya el sol su nítida frente
reclinaba en occidente,
derramando por la esfera
de su rubia cabellera
el desmayado fulgor.
Sereno y diáfano el cielo,
sobre la gala verdosa
de la llanura, azul velo
esparcía, misteriosa
sombra dando a su color.

El aura, moviendo apenas
sus alas de aroma llenas,
entre la yrba bullía
del campo que parecía
como un piélago ondear.
Y la tierra, contemplando
del astro rey la partida,
callaba, manifestando,
como en una despedida,
en su semblante pensar.

Sólo a ratos, altanero
relinchaba un bruto fiero
aquí o allá, en la campaña;
bramaba un toro de saña,
rugía un tigre feroz;
o las nubes contemplando,
como extático y gozozo,
el yajá, de cuando en cuando,
turbaba el mudo reposo
con su fatídica voz.

Se puso el sol; parecía
que el vasto horizonte ardía:
la silenciosa llanura
fue quedando más obscura,
más pardo el cielo, y en él,
con luz trémula brillaba
una que otra estrella, y luego
a los ojos se ocultaba,
como vacilante fuego
en soberbio chapitel.

El crepúsculo, entretanto,
con su claroscuro manto,
veló la tierra; una faja,
negra como una mortaja,
el occidente cubrió;
mientras la noche bajando
lenta venía, la calma,
que contempla suspirando
inquieta a veces el alma,
con el silencio reinó.

Esteban ECHEVERRÍA, "El matadero"

- Hi de p... en el toro.
- Al diablo los torunos del Azul.
- Mal haya el tropero que nos da gato por liebre.
- Si es novillo.
- ¿No está viendo que es toro viejo?
- Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los c..., si le parece, c...o!
- Ahí los tiene entre las piernas. No los ve, amigo, más grandes que la cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino?
- Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo ese bulto es barro?
- Es emperrado y arisco como un unitario -y al oír esta mágica palabra todos a una voz exclamaron:
- ¡Mueran los salvajes unitarios!
- Para el tuerto los h...
-Sí, para el tuerto, que es hombre de c... para pelear con los unitarios.
- El matahambre a Matasiete, degollador de unitarios. ¡Viva Matasiete!
- ¡A Matasiete el matahambre!
- Allá va -gritó una voz ronc interrumpiendo aquellos desahogos de la cobardía feroz-. ¡Allá va el toro!
- ¡Alerta! Guarda los de la puerta. ¡Allá va furioso como un demonio!
Y, en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo ellazo, arremetió bufando a la puerta, lanzando a entrambos lados una rojiza y fosfórica mirada. Diole el tirón el enlazador sentando su caballo, desprendió el lazo de la asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre.

lunes, octubre 12, 2009

Duque de RIVAS, "Don Álvaro o La fuerza del sino"

ESCENA ÚLTIMA
Hay un rato de silencio; los truenos resuenan más fuertes que nunca, crecen los relámpagos y se oye cantar a lo lejos el Miserere a la comunidad, que se acerca lentamente.
VOZ DENTRO: Aquí, aquí. ¡Qué horror!
(DON ÁLVARO vuelve en sí y luego huye hacia la montaña. Sale el PADRE GUARDIÁN con la comunidad, que queda asombrada)
PADRE GUARDIÁN: ¡Dios mío!... ¡Sangre derramada!... ¡Cadáveres!... ¡La mujer penitente!
TODOS LOS FRAILES: ¡Una mujer!... ¡Cielos!
PADRE GUARDIÁN: ¡Padre Rafael!
DON ÁLVARO (Desde un risco, con sonrisa diabólica, todo convulso, dice) Busca, imbécil, al padre Rafael... Yo soy un enviado del infierno, soy el demonio exterminador... Huid, miserables.
TODOS: ¡Jesús! ¡Jesús!
DON ÁLVARO: ¡Infierno, abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción...! (Sube a lo más alto del monte y se precipita)
EL PADRE GUARDIÁN Y LOS OTROS FRAILES (Aterrados y en actitudes diversas): ¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!
En este vértigo sin tiempo
la Locura, cabeza de cíclope,
florece grata al estiércol
de quebrantos e impotencia.

La Locura,
planta psicóvora carcajeante,
si no sórdida,
deglute el alma de un niño
por el muslo.

Como cada crepúsculo

Manía devora a sus hijos.

lunes, septiembre 28, 2009

... Y cuatro años de blog se hicieron papel y arte: DIARIO DE UN GATO NOCTURNO

A partir de esta semana ya podéis adquirir Diario de un gato nocturno, mi primer libro de poemas y de algún que otro microrrelato, publicado por Cangrejo Pistolero Ediciones.
El libro ha sido soberbiamente diseñado por la mano de un inigualable artista, Antonio García Villarán, el Cangrejo Pistolero. Asimismo, contiene unas preciosas ilustraciones de Adolfo Arenas Alonso que ya están causando furor entre dibujantes y pintores de toda España.
Para rematar, va precedido por un excelente prólogo de la poeta malagueña María Eloy-García, premiada en el 2001 con el Premi
o de Poesía Carmen Conde; y concluye con un fantástico epílogo de Elena Medel, décima musa de la poesía española actual y Premio Andalucía Joven 2001.
DIARIO DE UN GATO NOCTURNO
Autor: Javier Gato
Editorial: Cangrejo Pistolero Ediciones
Colección: Poesía ilustrada
Prólogo: María Eloy-García
Epílogo: Elena Medel
Ilustraciones: Adolfo Arenas Alonso
Páginas: 96
ISBN: 978-84-936108-8-3
2009